Frase del día

La isla de los muertos

martes, 8 de febrero de 2011 | Pedro Luis Martínez Manjarín

 

 

El sol del atardecer caía lentamente en el horizonte, posando sus últimos y cansados rayos de luz sobre la tierra húmeda.  Hizo mucho frio ese día, todo era muy pálido, muy débil, pero el sol siguió brillando resplandeciente alto en el cielo como signo de esperanza en los corroídos corazones de los obreros.

Ya casi no queda nada para volver a casa y descansar el cuerpo agotado por el trabajo intenso, “todo sea para el bien de mi familia” piensa Roberto, mientras termina de talar su ultimo árbol. Los moratones en sus piernas le han estado molestando  desde hace días y el dolor se hace cada vez más insoportable, Pero su cuerpo y su mente siguen imparables, resistiendo cada día al arduo trabajo. Unas cuantas bromas entre sus compañeros lo mantienen con algo de ánimo durante la jornada laboral, que termina bien entrada la tarde.

No hace mucho el jefe les había dicho a él y a sus demás compañeros que de vez en cuando un barco llegara con provisiones y alimentos,  esta fue una noticia que alegro a muchos de los obreros. Esperaban con ansias la llegada del navío, pero cada día que pasaba, menos luces del barco habían. Luego, fueron pasando los meses, y las prometidas provisiones nunca llegaron, pero mantenían la esperanza de que algún día, el maldito barco se dignara a posarse en la costa. Pero Roberto tenía otras cosas en mente, asuntos más importantes que atender, como un nuevo miembro en la familia por ejemplo.

Susana, su esposa, estaba encinta de un bebe de siete meses. “Será un bebé hermoso, Igual a la mamá” pensaba Roberto cada vez que recordaba a Susana, mujer de la cual estaba perdidamente enamorado. Susana y Roberto tuvieron un hijo de ocho años, Carlitos, inteligente y vivaz, tan astuto como un zorro y tan sano y enérgico como una tormenta en pleno invierno. Sin embargo, las cosas no fueron como eran de esperar. Una extraña enfermedad consumió a Carlitos durante unos seis meses. Dolores de cabeza y fiebres altísimas atacaban al pequeño mientras en sus extremidades aparecían feroces Moratones, sus encías emanaban sangre y el dolor que sentía era indescriptible. Roberto y Susana veían cada día como Carlitos, su único hijo  moría y ellos sin poder hacer nada, solo le brindaban su amor y compañía. Minuto a minuto, el cuerpo del niño se debilitaba, su aliento se tornaba áspero y forzoso, su respiración decaía en un profundo e invisible exhalar e inhalar y su piel ya no era más una capa fuerte de grasa, sino mas bien, una sábana blanca y fría que cubría el cadáver viviente en el que se había convertido Carlitos. Una mañana muy fría de Julio, el corazón del niño dejo de palpitar, Afuera llovía intensamente, como suele ocurrir en Chiloé y también llovía en los corazones de Roberto y Susana, en los cuales una terrible tormenta se desataba. Carlitos yacía en su cama, inerte, pálido. Sus ojos grandes de color marrón, dejaban notar un profundo y oscuro vacio, mirando hacia la nada. Su boca, entreabierta, daba la sensación de que en sus últimos segundos hubiese querido decir algo, quizás un “Papá, mamá…los amo”.  Con la sabana que usaba para dormir, Roberto cubrió el cuerpo de su hijo con lágrimas en los ojos. Susana lloraba intensamente en una esquina de la habitación, con las manos en el rostro Se culpaba a si misma de la muerte de Carlitos, pensaba en que si le hubiese tomado más atención el no estaría muerto, pero lo cierto es que no era su culpa.

Roberto, que fue siempre un hombre fuerte, intento no estallar en llantos, pero su dolor y su pena eran tan inmensos, que su corazón no le permitió seguir aguantando más. Llorando, abrazo el cuerpo sin vida del niño y le acaricio su rostro. En la tarde de ese mismo día, Carlitos fue enterrado en un cementerio pequeño. Al funeral no asistieron muchas personas, pero todos compartían con pena la  partida de un ser inocente y lleno de vida.

Roberto recordaba nítidamente el fallecimiento de su hijo, pero sabía que el ya no estaba sufriendo, como lo había hecho mientras vivió. Además, Dios le había bendecido con un nuevo hijo, que esta vez, nacería sano y así permanecería.

El sonido de las herramientas cayendo en el suelo le hizo despertar de su ensueño,  recordándole que era hora de ir a casa.

Durante la noche, los dolores en sus piernas le acuchillaban la piel y una intensa fiebre le atacaba. Paso toda la noche así, sin pegar  un ojo. Susana estaba muy preocupada, los dolores que sentía su marido se parecían mucho a los que tuvo Carlitos, al darse cuenta de aquello, un terrible sentimiento la atrapó. Cuando amaneció, Roberto había empeorado, la fiebre subía, y sus encías sangraban. Se debilitaba cada vez más y veía en el rostro de Susana una expresión lúgubre y preocupada. Los dos, Susana y Roberto, decidieron que no era conveniente que Roberto trabajara, por eso, el se quedo en casa, arriesgándose a un castigo del jefe. Se convencieron de que al otro día, Roberto ya se habría mejorado, y esperaron. Él, en cama y Ella, ocupándose de su marido, pero el nuevo día llego y Roberto no mostraba signos de mejorar.  Ahora el sangrado se había convertido en una hemorragia imparable, terribles dolores de cabeza le trituraban el cráneo y sentía que sus energías se alejaban. Así pasó los siguientes dos meses.

En su interior, Roberto veía las similitudes entre la enfermedad de Carlitos y la suya, y pronto se convenció de que se marcharía. Le preocupaba Susana y el bebé en camino, pero el ya no podía hacer nada más que esperar. Una noche, mientras pensaba, vio al pie de su cama a Carlitos, que le miraba con ojos curiosos y su sonrisa inocente.

“Papá, he venido a buscarte, pa´que vallamos a jugar, como antes” Dijo Carlitos, tendiéndole su pequeña mano. “Bueno hijo, ya voy, pero primero déjame avisarle a tu madre que estaré contigo”. Y así fue, llamó, con todas las fuerzas que le quedaban  a Susana. Cuando esta llego a la habitación, Roberto le susurro: “Susanita, amor mío, ¿me esperarías un ratito?, vino Carlitos y quiere que vallamos a jugar. Espérame, que no tardaré”. Susana quedo como una piedra, no veía a Carlitos por ninguna parte, pero no tardo en comprender lo que las palabras de Roberto significaban, el mundo se había destrozado. Susana no emitió palabra algunas, a excepción de un “te amo” incomprensible, mientras las lagrimas surcaban sus mejillas. Roberto había cerrado sus ojos, por fin descansaba del dolor que su cuerpo había soportado tanto tiempo y se reuniría con su hijo muy pronto, para volver a jugar otra vez.

El cuerpo de Roberto fue enterrado sin ceremonia alguna en una isla pequeña, sepultado en una caja de madera que casi no se ajustaba a su alta figura. Los únicos presentes en el entierro fueron dos hombres, uno que cavó el agujero y el otro que ayudo a bajar el modesto ataúd. A Susana no se le permitió asistir, por miedo a que la enfermedad fuese contagiosa.

Y así, Roberto fue enterrado en esa isla, como muchos otros que le seguirían. Una cruz de madera fue enterrada en la tumba.“Aquí yacen los restos mortales de Roberto Coñoenao, que en paz descanse”

En octubre de 1906, llega a la costa de Chiloé un barco que salvaría a los sobrevivientes que quedaban, entre ellos a Susana, que tenía nueve meses de embarazo. De entre tantos que se rescataron pocos sobrevivieron a la enfermedad y Susana lamentablemente no fue la excepción, Ella y su bebe, a punto de nacer, murieron súbitamente.

Esta es la historia de Roberto, que como muchos otros obreros, fue enterrado en la Isla de los muertos, en Chiloé, donde eran enterradas las personas víctimas de una extraña enfermedad. Ahora, las nombres se han borrado de las cruces y ya nadie recuerda quienes eran, sin embargo, la historia de Roberto es reflejo de un lamentable hecho que, hasta nuestros días, ocurre en Chile y en muchos lugares del mundo. La esclavitud, la masacre contra mujeres y hombres, la explotación de seres inocentes, la cantidad de vidas cobradas por la ambición y el progreso de un país.

© Valentina Souza - 2011

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